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La Semilla (cuento)

Cualquier día de esos que terminan en la letra ese, en algún paraje campesino de cualquier región del país de fábula, se encontró Josemaría con su amigo Genaro, después de saludarse y hablar sobre asuntos de las respectivas familias, Josemaría preguntó acerca de cómo iba el trabajo, a lo que Genaro le respondió:

Ni pa'que me acuerda compa, si me fue mal con la cosecha, ese grano de semilla que guardé no sirvió pa'nada, perdí el tiempo y el trabajo, no salió ni una matica y pa'colmo e' males no he podido recuperar la plata de la inversión, quedé endeudado con la tienda que me vendió la semilla y con el banco que ahora me quiere embargar lo que tengo. Me va a tocar empeñar hasta los calzoncillos.

Hombre compa ¡Que vaina!, pero eso pasa por usted creer también en ingenieros que no saben lo que es un azadón y que con el cuento dizque de disminuir los gastos y aumentar la producción lo endulzan con una semilla que a la primera cosecha le sale bonita, de unos granos grandotes pero después queda uno amarrado a comprarles todo lo que le vendan, porque esa semilla viene preparada en laboratorio pa' no parir sino una sola vez.

Yo no sé qué hacer compadre –dijo triste Genaro bajando la cabeza y moviendo una hojarasca con el pie- Yo estoy que me voy es a buscar trabajo en la ciudad. ¿Usted qué consejo me puede dar?

Pues  primero que no trague entero todo lo que le digan y recuérdese siempre de cómo fue que aprendimos a trabajar, con lo natural, con lo tradicional. Usted se va para la ciudad y allá la familia va a sufrir más, aparte de que los van a humillar, por algo dicen que montañero no pega en pueblo; al contrario la gente de la ciudad debería mirar pal' campo, aprender a cultivar, porque acá es donde está el origen del buen vivir.

¿Pero entonces qué hago compadre? Preguntó urgido Genaro.

Pues el qué hacer, sí lo decide usted y su familia. Con lo que yo sí le puedo colaborar es contándole de una semilla muy buena- dijo Josemaría bajando de repente la voz, ante lo cual Genaro sintió curiosidad y con algo de malicia le replicó.

No será de esa misma que estuvieron ofreciendo y repartiendo por aquí hace añales esos monos engafados que vinieron de afuera y que todo el mundo empezó a sembrar dizque por que con eso se iban a volver ricos de un día pa' otro y a la final vea que con el tiempo por todo lado se acabó la comida,  hasta el plátano lo traían del pueblo, se encareció todo, perdimos casi toda la vergüenza y la guerra terminó de llegar a donde nunca se pensaba que llegaría.

¡No hombre!- Lo atajó Josemaría-. De esa que nos dejó solo tragedias yo tampoco quiero saber nada, de la que yo le habló es de otra semilla también autóctona pero que tiene usos y destinos más diferentes.

¿Y esa semilla autómata se demora mucho pa' crecer? ¿Hay que invertirle mucho?- Disparó Genaro las preguntas casi sin dejar terminar a Josemaría.

Autómata no compadre, au-tóc-to-na, porque es de aquí mismo, de estas tierras, por eso se adapta fácil a cualquier clima y produce en cualquier terreno, además comprobado que ha sido resistente a toda clase de plagas. Solo necesita preparar bien el terreno, echarle abono pa' que afine y coja fuerza, estarla limpiando de la maleza que se le quiera pegar  y estar pendiente de arrancarle cualquier gajo que se le vaya dañando pa' que no apiche toda la mata.

¿Y la cosecha que tal es? siguió acribillando Genaro.

Es cuestión de cuidarla no más, después de que prenda y eche raíces si usted hace el proceso bien ya no hay quien la arranque y cuando empiece a producir irá dando una cosecha bonita con buen fruto que va a alcanzar para todos  por mucho tiempo...

Y le voy a mostrar que le hablo en serio.

Y Josemaría metió la mano en la mochila de fique que llevaba terciada y de una bolsa plástica sacó un paquetico de papel periódico, al desdoblarlo con mucho cuidado agarró con sus ásperos dedos una pepa pequeña de forma ovalada de colores rojo y negro muy intensos y brillantes y alzándola a la vista se la mostró a su compadre con una sonrisa de complicidad.

¡Uyy, esa es una pepa de chocho que llaman! Yo si sabía que había algo de mamadera de gallo en lo que usted me decía- dijo Genaro con una mezcla de enojo y picardía-. Pero tranquilo compadre que ya le entiendo lo que usted me quiere decir y de quienes me está hablando. Yo sé que hay cosas que hay que tener sigilo y saberlas nombrar.

Ese es el consejo que yo le puedo dar Genaro, esa semillita se llama organización, se llama liberación, es la vida -le insistió Josemaría hablando casi en susurro-. Empieza chiquitica y si entre todos participamos, hombres, mujeres, jóvenes, crecerá bastante. Es la única forma de resolver toda esta situación como la que usted tiene y tenemos toda la pobrería.

Tal vez tenga usted razón compadre con lo de esta “semillita”, lo que nos ha faltado es conocimiento y decisión también. La voy a guardar bien a donde no se me pierda pa’ acordarme siempre de lo que nos toca buscar y cualquier cosa que no sepa le voy a estar preguntando y cuente conmigo pa' lo que haya que hacer... Pero a todas estas, ¿hace cuánto que anda usted sabiendo todo eso que me dijo?

Pues yo de llevar la semillita conmigo ya tengo un buen tiempo, como desde el año 83, desde que me la regaló un cura de los buenos y por eso lo mató el gobierno, por  enseñarnos que Jesús fue un luchador, se llamaba Bernardo López y cuando me la entregó en Barranca, me dijo que esa semilla se llamaba: “Dios con nosotros” los pobres, y, como confío en usted, pues ahí se la comparto para que la tenga y lo acompañe también. Lo que pasa es que es mejor andar callado y decir las cosas en su momento. Pero lo que es esta pepa - y Josemaria miró de nuevo la semilla roja y negra - tiene de existir, como dijo un amigo costeño, tantos años como la cantidad de olas que tiene el mar...

 

¿Y eso cuántas son compadre?

Pues sin cuenta Genaro. Cincuenta...

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