La entrevista al primer comandante del Ejército de Liberación Nacional Nicolás Rodríguez Bautista, publicada en El Espectador, motivó a la periodista Patricia Lara a proponernos unos debates sobre los diálogos de paz, a los cuales queremos referirnos en esta ocasión. Ella nos plantea que apuremos el paso en la mesa exploratoria de diálogo con el gobierno de Santos; afán que es similar al que ahora se está exigiendo a la mesa con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Compartimos con la periodista cuando expresa, que “no se remedian de manera contundente la injusticia y la inequidad, porque la guerra las aumenta, o a los gobiernos les sirve de disculpa para aumentarlas”; nosotros agregamos que el régimen ha usado la guerra contrainsurgente, como excusa para desplazar al campesinado de sus tierras, para ahora venderlas a multinacionales; la ha usado también para perseguir a líderes sindicales, sociales y de oposición.

En consecuencia, coincidimos con ella en que es necesario parar la guerra, ya que negociar en medio del enfrentamiento armado, imposibilita la creación de confianzas necesarias para un diálogo sincero. Por esto ratificamos la necesidad de un cese al fuego bilateral, como garantía para un proceso de paz real.

Estamos de acuerdo en que los procesos revolucionarios deben traer consigo cambios significativos en las condiciones de indignidad que sufre el pueblo colombiano, y somos conscientes que el Socialismo, ni un cambio de fondo del modelo económico están a la vuelta de la esquina.

Los graves problemas que tiene el país no se van a solucionar en una mesa de diálogo con la insurgencia o con su desmovilización, pero sí aspiramos a que se abra un camino de cambios generando nuevas condiciones, en las que el régimen se comprometa a garantizar que organizaciones sociales, líderes y dirigentes opositores, que tienen propuestas de cambios, puedan ejercer su actividad política sin ser perseguidos y asesinados, como ha sucedido a lo largo de nuestra historia. Para nosotros, esto es la democratización de la sociedad colombiana, tras este propósito están encaminados nuestros esfuerzos, como requisito para lograr las transformaciones estructurales que necesita Colombia.  

También están encaminados nuestros esfuerzos, como afirma Patricia Lara, en darle voz propia a la sociedad colombiana, que entre otras, ha hecho desde hace tiempo diagnósticos de la realidad, con los que puede trazarse una agenda de paz. La verdad es que hay un sobre diagnóstico, hecho por el movimiento social, la academia, los intelectuales y los organismos internacionales, que es de pleno conocimiento del gobierno, pero este nunca los ha convertido en cambios reales.

Como los diagnósticos están elaborados, podríamos decir que esta no sería la parte más prolongada de un proceso de paz participativo; lo que queda por determinar es, ¿cuánto tiempo tardaremos para tenerlos en cuenta? Se hace evidente que la discusión no es de tiempo y que el problema real es de falta de voluntad política, para construir entre todos: clases medias, intelectuales, empresarios, movimiento social, insurgencia y el pueblo en general los cambios urgentes que necesita el país.

Si miramos hacia la mesa de La Habana, las presiones que hoy recibe para que se coloque un plazo a este proceso de diálogo, es similar a las presiones para que se aceleren los diálogos con el ELN. Nos llama la atención que se utilice el mismo argumento en ambas exigencias. Es claro que lo que interesa a quienes hacen estas exigencias es el tiempo y no el desarrollo serio del proceso.

Por esto, un proceso de negociación, más que afán, lo que requiere es una sincera voluntad política de las Partes, es decir, saber qué tanto aportará cada una de ellas, para posibilitar los cambios necesarios. El ELN tiene la voluntad de dejar de usar las armas si se van solucionando los problemas que dieron origen al alzamiento armado, y también tiene la voluntad, y la ha tenido siempre, de reconocer su responsabilidad política en la guerra. Por su parte el régimen dominante debe asumir sus responsabilidades en la construcción de soluciones, con las que terminemos la confrontación armada y abramos paso a una paz estable y duradera. Si el régimen no tiene claro que este es su aporte a largo plazo, más allá del gobierno de turno, el conflicto en que vivimos se va a perpetuar.

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