Largo es el camino donde se siembra una hulla de bota rebelde, que ilumina la trocha de una vida clandestina.

La mirada firme y temeraria del compañero Viejo, que desafió al tirano en mil batallas sudando lágrimas de sacrificio, que recorren el corazón rojo y guerrillero, descansó alrededor de una hoguera y su voz lenta pero sabia, relató la historia de los guerreros que nos antecedieron en estas montañas del Norte del Tolima (Líbano, Santa Teresa, Villa Hermosa, Herveo, Murillo, entre otros)

Estas cordilleras fueron habitadas por comunidades indígenas: Pijaos, Panches, Coyaimas y Natagaimas, exterminados por los españoles en búsqueda de oro. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, con la colonización Antioqueña, comienza a repoblarse la cordillera central, esta vez los colonos no buscaban oro, si no tierra para cultivar.

El Viejo nos contó cómo la familia Parra, pionera de la colonización de las montañas altas del Norte del Tolima, había fundado lo que hoy es el Líbano en cabeza del General Isidro Parra, que huyendo de Manizales por participar en la revolución liberal de 1860, se convertía en el hombre más honorable del pueblo, cuyas ideas liberales hoy perviven en la identidad política y cultural de la región.

La colonización Antioqueña trajo consigo la sabiduría en la producción del café, dando paso a las primeras haciendas cafeteras de 1870, que años después serían las impulsoras de la industria cafetera en el Tolima, fomentando la llegada de familias de departamentos vecinos.

Pausado pero recordando, el compañero Viejo atizó la hoguera y siguió contando la historia, su voz se desquebrajó, cuando contó la muerte del General Isidro Parra el 17 de Marzo de 1895, producto del asedio de las balas conservadoras, que enfrentaban a la guerrilla liberal con la que él se había sublevado. El cuerpo de Parra fue llevado desnudo al parque principal del pueblo, donde se encuentran sepultados sus restos.

Con voz engrandecida y fuerte el Viejo nos dijo, que desde entonces a los revolucionarios los exhibían como trofeos en la plaza principal. Un escarmiento para todo aquel inconforme que se rebelaba.

Después de una silenciosa pausa, el Viejo nos contó cómo fue eso, que los historiadores llaman, la primera Insurrección Armada en América Latina con pensamiento socialista. Sus pulmones se llenaron de aire y comenzó a relatarnos, que para 1925 los pobladores del norte del Tolima vivían una profunda pobreza, producto de la inestabilidad económica que traía consigo la dependencia del café. Quizá fue este el motivo más importante para el enraizamiento de las ideas revolucionarias y socialistas en el pueblo Libanense.

El compañero Viejo mandó por una taza de café y bajo la complicidad de la noche, nos contó sobre el levantamiento armado de 1929. Mientras las huelgas obreras y las expropiaciones de tierras por parte de campesinos eran pan de cada día, los obreros, artesanos y campesinos de la cordillera central del Tolima, se nutrían de ideales revolucionarios para sostener el levantamiento popular, que luego, en cabeza de José Narvaéz y en mención de la Revolución de Octubre, surgirían como: Los Bolcheviques del Líbano.

La estrategia de los bolcheviques era atacar sin temores a la elite departamental y al gobierno nacional, apuntando a generar la sublevación de los municipios vecinos, en sintonía con la preparación de un plan insurreccional promovido por el Partido Socialista Revolucionario en todo el país. Así, el 28 de Julio de 1929 José Narváez, a nombre de movimiento Bolchevique, llamó al pueblo a levantarse en armas para atacar la alcaldía y el puesto de policía del municipio, con la profunda esperanza que la revuelta no sería espontánea si no permanente.

Los gamonales, hacendados y politiqueros estaban asustados; pero el levantamiento armado fracasó en todo el país, por definiciones propias de la dirigencia del PSR, la acción rápida de las élites económicas y la falta de organización y comunicación entre los líderes populares a nivel nacional. La acción Bolchevique fue reducida con tenacidad, pero la represión fue fundamental para la insurrección de masas generada por el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, años después.

El Viejo empuñó sus manos al nombrar al caudillo liberal y dijo: “esa guerra bipartidista si me tocó vivirla en carne propia”. Una nueva generación de líderes campesinos, nutridos de ideas gaitanistas, emergieron con el odio acumulado durante años: William Aranguren (Desquite), Roberto González Prieto (Pedro Brincos), Noé Lombana Osorio (Tarzán), Rosalba Velazco (La “Sargento Matacho”), Jacinto Cruz Usma (Sangrenegra).

El Viejo nos contó que un amigo de él llamado Montegranario, proveniente del Valle había vivido también los comienzos de la guerra bipartidista y que, huyendo de una fusilada de los Godos (conservadores), le sorprendió encontrar al pueblo libanense en calma, como si nada hubiera pasado con la muerte de Gaitán.

Montegranario contaba cómo los Chulavitas (paramilitares de la época) bajo la consigna “viva Cristo Rey!”, estaban matando a la gente en el resto del país, no solo a los que “olieran a liberales”, sino a cualquiera que tuviera un pedazo de tierra. Él les decía a los campesinos que tenían que organizarse y armarse para la llegada del ejército conservador, pero la gente no le creía. Hasta que un día de mercado llegaron los chulavitas a Santateresa y mataron un carnicero conocido. De inmediato Montegranario dice de nuevo que tenían que armarse y acordaron que cada uno iba a poner, de acuerdo a la capacidad que tuviera, una carga de café para comenzar a comprar las armas.

Las primeras armas, doce fusiles Grass se las compró a Echeverry, un godo que había enfrentado a los Bolcheviques en 1929. Es decir que, los fusiles que habían servido para acallar la insurrección Bolchevique, terminaron en manos de las guerrilleras liberales, que montaron un comando Gaitanista.

Mientras tanto, cientos de familias se seguían organizando, entre ellas la familia González al mando de Pedro Brincos. Montegranario y Pedro Brincos se repartieron la cordillera central del Tolima, como una rebanada de pan dispuesta a consumir. “De río recio para acá controlamos nosotros y del río para allá, echando para Ibagué controlan ustedes y cuando el combate se haga más fuerte, juntamos las fuerzas”, dijo Montegranario, entregándole a Pedro Brincos siete fusiles de los que le había comprado a Echeverry.

“-Si ven como dan devueltas las cosas” nos decía el compañero viejo refiriéndose a los fusiles.

Esta nueva generación quería vengar las torturas, destierros, encarcelamientos y asesinatos que había sufrido la generación anterior. Los primeros Bolcheviques del Líbano: Higinio Forero, Efraín Narváez, Segundo Piraquive, entre otros, permanecían como fundamento e inspiración de esta nueva etapa de lucha.

El compañero Viejo al fin se dispuso a descansar, al tiempo que se fue apagando la hoguera. Nosotros nos adentramos en la noche, armando los cambuches para el descanso de la marcha guerrillera, con el aliento fresco del compañero y obligados a reflexionar sobre los sacrificios de arrieros de pelo en pecho, campesinos de hacha y azadón y las conspiraciones en cafetales.

Años más tarde presenciaríamos la exhibición del compañero Viejo en el parque principal del Líbano, después de ser detenido en las montañas del Tolima por los enemigos de la verdad, en el mismo sitio donde nos contó, se exhibían los hombres que se rebelaban. Donde se exhibió el cuerpo desnudo del General Isidro Parra, donde se exhibieron los cuerpos inertes de los insurrectos del movimiento Bolchevique del año 1929 y por último, donde se exhibía a este veterano de guerra Arsecio Lemus.

Compañero Viejo, compañero Silvio, es imposible mirar hacia atrás, el futuro está adelante, el pasado nos impulsa. (Continuará)…

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