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Jaime Garzón: Humor, crítica y compromiso social

Escrito por Emerson de Francisco

El 13 de agosto se cumplen 18 años del asesinato del querido humorista, acribillado en Bogotá por sicarios enviados por mandos militares. Su relación con el ELN muestra apenas una de sus tantas facetas de compromiso con el cambio social.

 

Una noche, viendo televisión en un cambuche en compañía de ´Gabino´, estaba la serie infantil ´Heidi´. Jaime empezó a cantar “abuelito dime tú…”. El jefe guerrillero se quedó mirándolo y le dijo: ‘Lo que pasa con usted es que se cree la niña de los montes’. Desde ese instante su nombre de combate fue ´Heidi´. Nunca participó en operaciones militares y la misión más importante que cumplió fue cuidar el dinero del grupo. Después de cuatro meses regresó a su casa, en el corazón de Bogotá”.

La anécdota, conocida con variantes en el mundo ´eleno´, la relató de esa forma el periodista Álvaro García en un homenaje publicado por Revista Semana el 13 de septiembre de 1999. El paso de Jaime Garzón por los campamentos del ELN en la serranía de San Lucas, en Sur de Bolívar, se debió a su amistad con colegas e intelectuales que lo arrimaron al Frente “José Solano Sepúlveda” de la organización.

Más allá de la simpática historia, Garzón expresó su compromiso de diversas formas, siempre incomodando al poder. Fue mucho más que el humorista más importante de Colombia.

Aún antes de ser conocido por su talento artístico, fue alcalde de Sumapaz; se lució por primera vez en televisión cuando un periodista del Noticiero de las 7 le propuso al director del programa, Antonio Morales, realizar una entrevista al ignoto alcalde. Ese primer cruce entre política y televisión marcaría su carrera y su compromiso.

Del cargo de alcalde fue echado, pero insistió en la política. En 1990 se vinculó al presidente César Gaviria quien, más allá de su plan de gobierno neoliberal, debió avanzar en una reforma constitucional que incorporara ideas progresistas para consolidar los recientes diálogos de paz. Garzón asumió la traducción a las lenguas indígenas de la nueva Constitución de 1991, y fue asesor de comunicaciones. 

Sus personajes fueron todos entrañables: el presentador Émerson de Francisco, a través del cual se burlaba del mismo medio televisivo en el que se lucía; el abogado y político ultraconservador Godofredo Cínico Caspa, disfraz desde el que se burló de Álvaro Uribe con sentencias premonitorias. “Será él quien por fin traiga a los redentores soldados norteamericanos que harán de Uribe Vélez el dictador que este país necesita”, predijo y, siempre hablando de Uribe, agregó: “un hombre de mano firme y pulso armado, líder que impulsa pacíficas autodefensas”, en referencia al paramilitarismo que ya se proyectaba con fuerza desde el entorno del entonces gobernador de Antioquia.

Otro personaje inolvidable fue el embolador bogotano Heriberto de la Calle, quien entrevistaba a personalidades de la política como lo haría cualquier persona sencilla del pueblo resentida con los malos gobiernos y sin pelos en la lengua.

Para ese entonces colaboró con gestiones de Paz; impulsó negociaciones, viajó a La Habana e hizo contactos con exguerrilleros salvadoreños, como forma de hacer algo útil para el país, siempre afín a posiciones de izquierda.

El 13 de agosto de 1999, sicarios en motocicleta le dispararon cinco tiros a la cabeza.

El coronel Jorge Plazas Acevedo (que ya había sido señalado por su responsabilidad en la masacre paramilitar de Mapiripán) dirigía la Brigada 13, que espiaba a Garzón desde hacía un año. Así recopilaron detalles sobre su vida; se presume que esos informes fueron puestos en manos del jefe paramilitar Carlos Castaño a través de Narváez, un profesor de la Escuela Superior de Guerra.

A pesar de que las investigaciones demostraron avances, su crimen sigue impune, al igual que el de miles de colombianos y colombianas, que osaron desafiar el oprobioso estado de injusticia que aún reina en el país (derecho vedado, según los verdugos del sistema, ¡aunque se pretenda ejercer desde el humor!).

Su sonrisa y su desparpajo, en cambio, están más vivos que nunca en la memoria de un pueblo que lo quiso y lo reconoce como ejemplo de dignidad.

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