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Pobre Medellín

Escrito por Gabriel Antonio Gaitán

 

En el marco del año Francia-Colombia, el pasado 8 de noviembre de 2017 tuvo lugar el evento “Medellín La Renaissance” realizado en la Biblioteca de París Françoise Sagan. El cual contó con la participación del escritor colombiano Pablo Montoya quien compartió al auditorio sus criticas, reflexiones y proyecciones sobre Medellín, ciudad que lo acogió hace buen tiempo ya, donde vive y desde donde escribe.

 

Me permito presentar apartes del texto “Medellín ¿para donde vamos?” leído por el escritor, en el marco de este evento, con la intensión de provocar su lectura [*] y por qué no, para hacer de sus palabras un correlato del resto de ciudades colombianas.

 

Era “la tacita de plata”

Montoya inicia su texto con apuntes sobre la colonización del territorio del valle de Aburrá y la sangrienta exterminación de los indios Aburraes, el nacimiento de la ciudad en la época de la colonia; Y el determinante papel de la religión en la configuración actual de la ciudad y sus gentes; acto seguido nos dice:

 

“Uno de los mitos fundacionales de Medellín y de Antioquia, el departamento del cual es capital, está anclado en la idea de que la raza blanca de sus prohombres (muchos de ellos comerciantes colonizadores del siglo XIX) y, en general, de quienes han hecho que la ciudad se haya convertido en un centro empresarial notable, es la más grande e importante. Olvidándose de que las raíces indígenas y africanas están en la historia genética de cada habitante de esta región. Y no es un ningún secreto afirmar que la ciudad ha sido administrada por una serie de políticos y empresarios particularmente racistas. Esta jerarquía racial puede observarse con claridad en el modo en que los espacios del valle de Aburrá están ocupados por su población... Los estratos sociales, que van de uno a seis en nuestro país, no son más que el trasunto de una segregación económica y espacial paradigmática”.

  

Refiriéndose a la violencia desatada en la capital antioqueña afirma, que ésta:

“Padeció en los años ochenta y noventa del siglo XX las acciones criminales del narcotráfico, de las guerrillas de extrema izquierda, de los grupos paramilitares de extrema derecha, del ejército y la policía nacionales y, finalmente, de la delincuencia común. En estos últimos treinta años en Medellín ha habido 133 mil asesinatos. Y la mayor parte de ellos, víctimas de estos grupos criminales, no han sido reparados por la justicia. Esas huellas de la violencia no han desaparecido, por supuesto, y tardarán en hacerlo si su población no reconoce y nombra las zonas oscuras que tiene su ciudad. Por tal razón, es inadmisible seguir negando u ocultando lo que cada vez es más evidente: el vínculo que ha habido siempre, a lo largo de la existencia de Medellín y Antioquia, entre grupos ilegales del crimen con representantes de la política oficial y el empresariado. Desde hace unos años ha habido, sin embargo, esfuerzos por mostrar una especie de milagro: una ciudad modelo donde la violencia ha sido por fin superada”.

 

Nos habla de una especie de conjuro mágico que las administraciones de la ciudad han lanzado sobre sus habitantes, para borrar de sus mentes esos episodios de violencia y renacer una ciudad digna, educada e innovadora, que para Montoya está muy lejos de ser así:

 

“Basta mirar las cifras para concluir que, en efecto, una suerte de milagro ha ocurrido: en 1991 el número de muertes violentas en Medellín fue de 7.273. En el año 2015 fue de 495. ¿Cómo no sorprenderse y aplaudir estos resultados? ¿Cómo no entusiasmarse ante un panorama en que pareciera que la civilización ha triunfado una vez más sobre la barbarie? Con todo, el panorama de Medellín, si se le mira con atención y se supera ese espíritu chovinista tan típico de sus habitantes, resulta alarmante. Porque una ciudad donde se ha formado un contubernio entre políticos y empresarios con el mundo del crimen no puede ser jamás una ciudad digna”.

 

Una ciudad donde tantos barrios populares están en manos de combos o bandas criminales no puede ser jamás una ciudad educada. Una ciudad donde la inequidad social y la pobreza material, intelectual y espiritual es tan galopante nunca puede ser una ciudad innovadora. Una ciudad donde la mentalidad paramilitar ha penetrado todas las esferas sociales no es una ciudad que nadie, con cierto juicio de sensatez, quisiera imitar. A no ser que los conceptos de dignidad, de educación, de innovación se adapten al modus operandi, es decir a la forma de pensar y a la actuación de una parte de la población y sus dirigentes que se creen a pies juntillas el asunto de un renacimiento. Ahora bien, si pensamos que una ciudad modelo se mide solo desde la reducción de sus homicidios, así esta reducción se haya hecho a un alto precio de negociaciones oscuras, entonces podemos aceptar que Medellín es una ciudad plausible.

 

Si creemos que con poner unas cuantas bibliotecas en los barrios populares –algunas de ellas ya se están cayendo porque se edificaron bajo contratos corruptos– es suficiente para decir que somos educada, y dejamos pasar por alto el ascenso de la prostitución sexual infantil y juvenil y la drogadicción cada vez más acrecentada y el bajísimo nivel de lectura de sus gentes (cada habitante de esa población lee un libro por año), entonces podemos creer que Medellín es educada. Si creemos que, por otro lado, el desbordado crecimiento del lobby automotriz, inmobiliario e industrial significan una apertura económica prodigiosa, y no el reflejo de un modelo urbano lleno de improvisaciones y abocado a una peligrosísima contaminación ambiental, entonces se puede afirmar que Medellín es una ciudad próspera para el mundo de hoy”.

 

Frente a las virtudes que innegablemente persisten y resisten ante la violencia y la burocracia de las administraciones y los desafíos que como ciudadanos se deben asumir; que son las mismas virtudes y desafíos, que tenemos en todas las ciudades de Colombia, en tanto pobladores urbanos de este país somos, se pregunta:

 

“¿Cómo negar el papel que en esta crisis permanente ha jugado la educación, y sobre todo el de las universidades y las instituciones culturales? ¿Cómo negar el aporte del sistema de transporte público del metro, en el que los sectores populares son los más beneficiados, en un país cuyas mafias del transporte le cerraron violentamente las puertas a las vías férreas? ¿Cómo negar el valiente trabajo de los ambientalistas que no desfallecen en su labor de denunciar políticas aciagas? ¿Cómo negar las jornadas admirables de los colectivos de mujeres y hombres que trabajan por los derechos humanos en una ciudad y una región que los sigue violando sistemáticamente? ¿Cómo negar la vitalidad y la dignidad que representan en la ciudad las comunidades indígenas y las afrodescendientes? Todo esto existe, y jamás lo ignoro, para enaltecer a una ciudad donde el caos y la muerte era lo que prevalecía hace unos años en proporciones espantosas”.

 

“Creo que uno de nuestros grandes desafíos es asumir a Medellín y su crecimiento vertiginoso con una gran responsabilidad ciudadana. Somos una ciudad que sigue siendo vapuleada por la desigualdad social (una de las más altas de América Latina), por el crimen y la corrupción (hace poco fue detenido el secretario de seguridad del alcalde de Medellín por sus vínculos con la mafia narcoparamilitar), por el racismo y la intolerancia. El primer paso es que la sociedad civil manifieste su posición. Y sus exigencias deben ser varias”.

 

Y ¿para dónde vamos?

“Unos dicen que vamos bien porque la economía brilla con sus dividendos portentosos. Otros dicen que no también y que todavía estamos a tiempo de enderezar un torcido destino. Otros, más incrédulos, creen que simplemente vamos hacia un precipicio”.

 

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[*] http://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/pablo-montoya-sobre-medellin-y-el-futuro-de-la-ciudad/66681

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